Estudiantes, Concepción y sus calles

A fines de 2015 nos adjudicamos otro proyecto de innovación en docencia que nos permitió intervenir más de cuatro asignaturas de la carrera de periodismo, para mapear la ciudad de Concepción desde el punto de vista histórico, de sus calles y sus personajes.

Por mi parte, trabajé con los estudiantes de tercer año en la elaboración de una estrategia transmedia, donde lo fundamental era el mapeo digital del casco histórico de la ciudad. Los resultados fueron asombrosos: diseñaron una web, montaron un mapa en Google Maps con las diversas trayectorias y puntos de referencia, armaron un plan de activación en medios sociales y propusieron una estrategia de intervención urbana.

Lamentablemente perdimos el registro y lo que estaba en la web, pero de seguro retomaremos el trabajo para darle un cierre que reconozca todo el esfuerzo y dedicación que pusieron los estudiantes en esto.

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Drones e Innovación: Aprendizaje basado en proyectos

En 2015 tuvimos la suerte de adjudicarnos un proyecto de innovación en la docencia, que nos permitió llevar a cabo un curso anual, para estudiantes de periodismo e ingeniería civil aeroespacial, con el objetivo de que aprendieran sobre el uso de esta nueva y controversial tecnología.

Los estudiantes lograron manejar diversos aspectos del vuelo de drones, y nosotros los docentes, pudimos apreciar cómo la motivación de trabajar en proyectos concretos, impacta profundamente en el aprendizaje de los contenidos.

Uno de los hitos de la asignatura, fue la organización del Seminario Drones y Periodismo en el que coordinamos la participación de Matt Waite, premio Pulitzer y fundador del primer laboratorio de drones en la Universidad de Lincoln-Nebraska.

Junto con la embajada de Estados Unidos gestionamos la estadía de una semana de nuestro experto y conversamos sobre técnicas de reporteo, privacidad, reglamentación de aeronautica, trabajo con estudiantes, etc.

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Presentación Congreso Felafacs 2015

El año pasado tuve la suerte de participar como expositora en el XV Congreso de Facultades de Comunicación Social (Felafacs), que se realizó en Medellín, Colombia.

Junto con dos colegas y tres estudiantes, viajamos como delegación UDEC, a mostrar lo que hemos venido haciendo en distintas áreas de la comunicación social y el periodismo

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Como parte del Eje 3: Transformaciones en el ámbito académico y Mesa 9: Nuevos medios y nueva ética, mi ponencia se enfocaba en el desafío que supone para la enseñanza del periodismo, comprender los modos en los que las audiencias consumen contenido, y en virtud de ello, analizar las reglas y límites en materia de propiedad intelectual que establecen los medios más importantes en Chile.

El texto de la ponencia “Complejidades en la Gestión de Contenidos en Internet:Desafíos éticos para la enseñanza” pueden revisarlo en mi perfil de Academia.edu

Constanza Gajardo León expone en Felafacs 2015

El método Tow Center

Probablemente uno de los centros de investigación más interesantes de los últimos años, el Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia, EEUU, me ha vuelto a sorprender esta semana, con dos proyectos que tanto en su forma como en el fondo, se convierten en un ejemplo para proyectar la visibilización del trabajo que se realiza en las escuelas de periodismo.

El primero asombra por el formato en que se presenta la investigación. Se trata de Video Now, un reporte que busca describir la manera en la que las empresas periodísticas generan contenido audiovisual a través de un seguimiento presencial y tres simples preguntas: Cómo definen el formato ‘video’ las organizaciones de noticias, cómo producen sus videos y cuál es el retorno de la inversión que realizan.

Con un sitio creado exclusivamente para el proyecto, lo del Tow Center funciona tanto como un reportaje de largo formato, y una investigación académica en video. Todo licenciado con Creative Commons. Aplausos.

El segundo tiene que ver con el contenido y la pertinencia que tiene un tema así, probablemente en todas las empresas periodísticas, gigantes o no, del mundo. El Amateur Footage: A Global Study of User-Generated Content in TV News and Online Output, tal como lo dice su nombre, es una investigación enfocada en comprender cómo se maneja el contenido generado por los usuarios en los canales de televisión a nivel mundial, y bajo qué condiciones se utiliza (ojo, derecho de autor alert).

Parecido al Nieman Lab, de Harvard o al MIT Technology Review del MIT, lo inspirador de este tipo de iniciativas, es la relevancia que le entregan al lenguaje en el que se debe comunicar las investigaciones que sus académicos realizan. Convertirse en generadores de conocimiento, pero también en un medio que habla de otros medios, es una apuesta que resuelve de alguna forma, la gran brecha que separa a la academia de la ‘realidad observada’.

Un ejemplo es el caso de la NPR, uno de los medios que mejor trabaja su estrategia digital y que tiene entre sus filas al gran Brian Boyer, con quien compartí una Hackaton hace unos años. La foto al final.

La mala costumbre de ‘agregar’ contenido

Uno de las razones por las que resulta interesante conocer cómo se regula el contenido que los medios de comunicación publican en Internet, es por la inmensa cantidad de ejemplos que existen para respaldar la idea de transparentar ciertas prácticas, y descontinuar tantas otras.

Justo hoy en la mañana, Poynter publicaba un artículo donde se preguntaba por facilidad con la que el concepto de ‘curador de contenido’ se ha instalado en el lenguaje de las empresas periodísticas en Internet, y cómo se ha ido adoptado en las estrategias digitales de algunos medios.

Elegir entre el caudal de artículos relativos a cierta temática, tomar los datos, re-redactarlos (en el mejor de los casos) y publicar para generar tráfico propio. Resumir noticias, en definitiva. ¿Qué diferencia hay entre esto y ser un ‘Agregador de contenido’? se pregunta Poynter.

“Isn’t that what we used to alternately praise HuffPost for doing with brilliant regard for its audience and accuse HuffPost of doing with reckless disregard for purveyors of original content?”

¿Será que la única diferencia entre lo que hacen los ‘curadores de contenido’ y lo que hace un ‘agregador’ es que el primero está mediado por un humano y el segundo, por un robot?

Lo interesante de esta discusión es qué pasaría si una empresa periodística realmente se opusiera a este tipo de prácticas. El gobierno alemán y sus periodistas lo han hecho con Google News (hasta cierto punto), ¿pero y el Huffington Post y BuzzFeed y The Clinic? ¿Qué pasaría si un medio quisiera demandar a otro por ‘curar su contenido’ permanentemente? Probablemente nada. Los hechos noticiosos, las cosas que ocurren, no son sujeto de derecho de autor. No se puede atribuir autoría alguien que cuenta lo que pasó. Pero sí puede ser grave que esos hechos se cuenten de la misma forma, con el mismo texto.

En el periodismo esto siempre se ha entendido. De ahí que el fin último de cada día en una redacción es golpear. Ser el primero en entregar la información. Si el resto ‘te copia’, lo hiciste bien.

En este contexto, la discusión que se dio hoy en Twitter entre la periodista de Buzzfeed que escribió un artículo sobre las Costumbres chilenas que encantarían a los extranjeros (o algo así), y Andrés Azócar, uno de los periodistas chilenos que más experiencia tiene en medios digitales, da para análisis.

Es sabido que The Clinic copia artículos de Buzzfeed. Y digo copiar porque eso es realmente lo que hace y todos nos damos cuenta (hasta LoserPower), pero hoy la nota se publicó también en La Segunda y sin ninguna referencia.

¿Qué se hace en estos casos? Lo que hizo Biobío en 2010 con La Tercera es un ejemplo de un medio que se hartó y su única defensa fue hacerlo público.

Erradicar la ‘mala costumbre’ de no atribuir es pecado de muchos y lamentablemente, un vicio del mal y añejo periodismo. Y con esto no estoy haciendo una defensa a las empresas de contenido a quienes ‘les roban’ sus productos, sino más bien un llamado de atención para repensar lo obsoletas que son las políticas de propiedad intelectual que algunos medios utilizan para ‘proteger’ el material que publican en Internet.

Blog, espacio recuperado

Persiste el entusiasmo por manejar y nutrir un espacio digital donde guardar (de una manera bastante exhibiocinsta) lo que está en las conversaciones, los pensamientos en la ducha, los análisis en las lecturas, etc.

Vuelvo a tener un blog, con el tierno objetivo de -esta vez- hacerlo durar.

Las fechas estarán un poco perdidas porque intenté recuperar lo que estaba en el primer intento de esta nueva etapa de autora, y que por un error tonto, se perdió en las bases de datos y pasó a mejor vida para ubicarse por el resto de la eternidad, en la dimensión desconocida.

En el año del número par, bienvenidos a mi propia presencia online articulada y pública.

|4| Propiedad intelectual y derechos de autor en medios online: Alternativas de protección de contenidos en la era digital

Chile y el mundo

Alguien dijo que Google promovía la promiscuidad.
Eso es malo para las relaciones pero bueno para el periodismo.
En el HuffPo hacemos enlaces a todas partes,
porque a la gente le interesa.
Si sólo le das a las personas tu propio contenido,
se van a ir a otro lado.
– Arianna Huffington

¿Por qué El Mercurio ha anunciado (¿ya empezó a hacerlo?) que cobrará por sus contenidos online si las cifras muestran que desde que The Times hizo lo mismo, perdió cerca del 90% de los lectores por Internet?

Los objetivos del periodismo que plantea Rupert Murdoch parecen no tener tanto valor social o masivo, sino más bien de una exclusividad que genera más atractivo en los avisadores por el tipo de usuarios al que llegan con sus suscripciones.
En este sentido, El Mercurio estaría planteándose ir en una línea similar, al intentar quedarse con sus lectores fieles de un sector socio-económico alto que valora el pagar por un servicio en Internet.

El cobrar o no por los contenidos digitales es otra arista más de esta adaptación de los medios de comunicación a los modelos económicos que parecen más viables en Internet y dicen mucho del valor que le asignan al periodismo como mediador de realidades.

Insisto. Entender estas decisiones comerciales, es reconocer la forma en que un medio se plantea ante su audiencia, y en definitiva da cuenta de quién es su principal público de interés.

Volvamos al punto inicial: los medios y los derechos de propiedad intelectual en la era digital. Tal como observamos en los casos chilenos, en la esfera internacional también se han dado experiencias en que los medios han decidido cambiar sus políticas de copyright a un estándar como el que ofrece Creative Commons.

En octubre del año pasado, la edición italiana de la popular revista de tecnología y cultura, Wired, comenzó a licenciar sus contenidos web con Creative Commons. Riccardo Luna, editor de la publicación, calificó la decisión como “un pequeño paso en la dirección correcta, una señal clara a todos los demás”.

El reconocido sitio de noticias español, 20minutos.es, desde el año 2005 que funciona con el licenciamiento CC que permite copiar, distribuir, mostrar, hacer trabajos derivativos y el uso comercial de sus contenidos, con algunas condiciones.
Para qué hablar de todos los blogs especializados en tecnologías, ciencias, deporte, música. Lo raro, hoy por hoy, es no encontrarse con el banner de Creative Commons que detalla el tipo de licencia que ha adoptado el sitio.

Ciertamente desde la independencia resulta mucho menos arriesgado tomar la decisión de liberar los contenidos para que puedan ser utilizados con responsabilidad por los usuarios. Sin embargo, pienso que la diferencia más importante entre la rapidez con la que los blogs se han apoderado de la cultura libre, en comparación con los medios, es que para ellos la Internet es su ambiente natural y entienden perfectamente las reglas. Nacieron como usuarios, y ven el mundo de la web como un espacio libre.
Los medios, por el contrario, tienen que adaptarse, tienen que empezar desde cero a entender el funcionamiento y su lógica, tienen que entrar en un ambiente en el que por alguna extraña razón, ya no les es tan propio.

Sin ánimo de parecer estar promocionando o vendiendo un modelo de gestión de contenidos que –por cierto- es gratuito y pertenece a una fundación sin fines de lucro, creo pertinente englobar la labor de los medios dentro de un proceso de cambio universal en que la Internet está jugando un papel fundamental.
No sólo la prensa está cambiando su manera de presentarse en el mundo online, sino también los gobiernos poco a poco están adoptando políticas de transparencia que propician una relación más cercana con los ciudadanos.

En países como Australia o el Reino Unido, la visión del usuario como un ciudadano común y corriente que cada vez más se nutre de Internet para informarse sobre lo que sucede en su vida y entorno, se ve representada en las políticas públicas de gobierno que fomentan el acceso libre a los contenidos publicados en su web. Es lo que se ha bautizado en el extranjero como Open Government o Gobierno Abierto, donde la información pública se asume como un bien común que debe estar disponible para la ciudadanía, con el fin de promover la transparencia y la participación en democracia. Uno de los elementos básicos para que esto se diferencie de lo que día a día observamos en los sitios del gobierno, es que el acceso a los datos públicos posibilite el uso amplio del material, es decir, que además de estar licenciado libremente, se distribuya en formatos abiertos y altamente reutilizables, como XML o similares.

Barack Obama y el gobierno de los Estados Unidos van en la misma línea. El sitio que creó para su campaña política estaba licenciado con Creative Commons y cuando asumió la presidencia del país, una de sus primeras medidas fue licenciar abiertamente el portal de la Casa Blanca. Para él, fortalecer la base de la libertad parte por dinamizar la participación ciudadana y promover la transparencia.

Del mismo modo, cuando el gobierno del Reino Unido decidió adoptar las licencias Creative Commons para liberar casi la totalidad de la información pública, lo hizo pensando en tres factores; el primero de ellos es la idea de que el sector público debe garantizar que los procesos de concesión de las licencias sean simples y permitan alentar a la sociedad civil, emprendedores sociales y al sector privado, para volver a utilizar la información con el fin de promover actividades creativas e innovadoras, entendiendo que ello entregará enormes beneficios para el Estado. El segundo, hacer un gobierno más transparente y abierto en sus actividades, asegurando que los ciudadanos estén mejor informados sobre la labor del gobierno y del sector público, y el tercero, permitir una participación más cívica y democrática.

En educación, los cambios también son evidentes. El Instituto Tecnológico de Masachusets (MIT en sus siglas en inglés) ha sido, sin lugar a dudas, la institución académica que ha permanecido a la vanguardia en la implementación de prácticas abiertas para innovar en términos educativos. En el año 2001 puso en marcha el “Open Course Ware”, una iniciativa editorial a gran escala que proporciona materias o cursos gratuitos y de acceso libre a disposición de todos los usuarios del mundo.
La idea central del proyecto no estuvo en generar un servicio de educación a distancia ni mucho menos. Las Universidades que han adherido al programa no entregan diplomas ni títulos a los usuarios, sino que simplemente eliminan ciertas barreras de acceso que tradicionalmente se han interpuesto entre las personas (estudiantes o no) y el conocimiento. De esta manera, para marzo de 2009 los profesores del Instituto aprobaron la nueva política bajo la cual todos los autores del MIT dan permiso no exclusivo para la difusión de sus artículos de revistas de acceso abierto a través de DSpace, una plataforma de software open source. Con ello, se convirtieron en la primera Universidad de Estados Unidos en aplicar plenamente una política seria y transversal a todas sus facultades.

Meses más tarde, el Universisty College London anunció la decisión de ofrecer acceso libre a todas sus investigaciones alojadas en la web, con el propósito de impulsar la economía y así derribar las barreras que se imponen en el desarrollo de avances científicos.
En la misma línea, la prestigiosa Universidad de Harvard adoptó, desde febrero de 2008, una política clara en favor del Open Access, mediante la creación de un repositorio documental que alberga todos los trabajos de sus investigadores.
Iniciativas que se han replicado en la Universidad de Barcelona y la de Oxford, y que han caminado en paralelo a las propuestas elaboradas por los propios estudiantes.

¿Por qué el periodismo tendría que ser una excepción? ¿Por qué, si nuestra materia prima –la información, los datos- son los elementos que mueven a la sociedad de nuestro tiempo, tendríamos que poner barreras al acceso y la utilización del material que elaboramos?
Son tantas las preguntas que surgen al intentar entender la posición en la que la profesión se encuentra en el mundo de hoy, que la ansiedad por encontrar un modelo que gestione perfectamente las finanzas, con el trabajo bien remunerado y la construcción de una sociedad que valore el plus que tiene un profesional de las comunicaciones, no debería generar nada más que creatividad. Ideas que sirvan para complementar de la mejor manera posible las herramientas con las que contamos y que deriven en el desarrollo íntegro de la profesión.

Para ello, y si no se alcanzó a entender en las líneas anteriores, es que esta reflexión nace de la inquietud por discutir sobre los medios de comunicación existentes en el país.

Si el campo laboral del periodista en medios en Chile está prácticamente saturado, entonces el profesional que busca otras áreas donde desarrollarse –como sucedió en mi caso- puede observar desde afuera cómo se constituye la oferta informativa y así, encontrar los elementos que, a la luz de los intereses que cada uno tenga, cobren mayor o menor importancia.
Observar las políticas de privacidad de los medios, y entender sus implicancias en la configuración de la oferta que diariamente, segundo a segundo, nos entregan, es un ejercicio sano y útil para la profesión.

¿Quién habla de medios en Chile? Pocos y nadie. El tema más relevante es que en Chile los medios no son tema. Que la educación en medios de la población en general sea más bien exigua, incide en el entendimiento que tienen las personas al escoger tal o cual medio de comunicación que tarde o temprano, configurará su concepción de la realidad.

Iniciar una conversación sobre las implicancias en la utilización de Google News, servicio que ofrece Google para que los medios se indexen permitiendo que sus contenidos estén disponibles de manera organizada –por temáticas y destacadas–, los titulares y primeras líneas de las noticias a los usuarios, que ha traído problemas legales para los medios en todo el mundo; entender de qué forma un medio puede utilizar un video que está en Youtube para acompañar una nota, o en qué afecta que una fotografía tenga derechos de autor para que yo pueda copiarla y pegarla en mi muro de Facebook, son preguntas que vale la pena responder.
Una sociedad funciona mejor cuando las reglas del juego están previamente establecidas y son claras para todos. Tal como cuando un artista dice regalar un disco en Internet, pero no señala qué puedo yo hacer con este (copiarlo, regalarlo, venderlo, remixarlo, etc.), los medios de comunicación hoy más que nunca, tienen el deber de informar hasta qué punto el contenido que me ofrecen es mío o no. Y si no lo es, entonces no generar la ilusión de que funcionan con una lógica abierta.

Esclarecer estos puntos sin duda conducirá a un mayor entendimiento y a aprovechar de mejor manera ese valor tan preciado que tiene una buena historia contada por un buen periodista. No es la idea arriesgar una demanda cuando estamos haciendo algo tan humano y simple como compartir.

(Ensayo periodístico elaborado en base a la práctica profesional realizada en ONG Derechos Digitales – Último trabajo como estudiante de periodismo)

|3| Propiedad intelectual y derechos de autor en medios online: Alternativas de protección de contenidos en la era digital

Internet: La economía del link

“La gente de los medios
ve Internet como un medio.
Pero no lo es. Es un sitio,
un espacio donde conectar”
Jeff Jarvis.

En una entrevista al Diario El País, Jacob Weisberg , destacado periodista político y editor en jefe de la revista Slate (división del Washington Post) es uno de los que cree en la economía del link frente a la “economía de la tinta”: “El periodismo impreso no da importancia a los links, pero de hecho, son los que permiten al texto tener una dimensión adicional. El hipertexto permite crear nuevas dimensiones alrededor de una historia. La sintaxis de los links es muy importante. El link te puede decir: “Aquí está la evidencia de lo que digo”; o “aquí está la fuente de mi información”; o “aquí está el debate sobre este tema”; o “aquí está el golpe final del chiste”.

Para entender de mejor manera en qué consiste esta forma de monetizar un medio online, vale la pena conocer el caso del Huffington Post.
Tal como relata el artículo publicado en Revista Qué Pasa, el periódico online creado por Ariana Huffington ha generado uno de los modelos de mayor éxito en el mercado estadounidense, superando a The Washington Post, The Wall Street Journal y USA Today. Cuenta con 127 empleados, donde 55 de ellos son periodistas, y pese a que produce algunas noticias propias, su gran valor está en seleccionar informaciones de otros medios y presentarlas del modo más elegante posible, generando tráfico hacia esos medios mediante links.

“Nuestros lectores leen, pero también comparten y a veces contribuyen con sus aportaciones a las historias”, sañala Huffington , quien asegura que la economía del link no es ilegal y no viola leyes de copyright pues se ampara en los Usos Justos. “Lo que hacemos es el uso justo en virtud de las actuales leyes de copyright. Sólo se toma un párrafo, o así, y se pone un link a la historia original. De ese modo generamos mucho tráfico hacia esa historia. Por ese motivo tenemos constantes peticiones de reporteros de otros medios para que enlacemos a sus historias”, sentencia.

El plagio o “pirateo” es la gran falacia con la que en ocasiones se acusa a medios que se nutren de otros para publicar contenido atractivo y conseguir avisadores. Dicha práctica que se ha efectuado por años y como en todo orden de cosas, se ha trasladado a las esferas de Internet, provocando la ira de todos los que creen que en Internet se puede mantener cierto control sobre lo que pueden o no compartir los usuarios.

Tal como afirma Juan Varela , periodista y consultor de medios español, “los informativos en radio comenzaron leyendo los diarios. Los semanarios han vivido muchos años de los diarios. Los diarios se copian entre ellos y así… Revistas como The Week o Reader’s Digest y servicios como Aceprensa han vivido siempre de la obra ajena y el resumen: un trabajo editorial lícito y valioso”, pues la información se atribuye a su fuente inicial. Abusos hay y habrá de un lado, los que quieren cobrar, y otro, los que no quieren pagar. Para solucionar el problema es mejor ir a su origen y a la responsabilidad individual del periodista: si no plagias, tendrás menos posibilidades de ser plagiado; si atribuyes, tendrás más posibilidades de que te citen. Un poco de ética para que luego se pueda distinguir nítidamente al pirata del reportero.”

Así y todo, los grandes medios que nacieron en la era análoga, todavía parecen desconocer la cantidad de efectos que tiene el hecho de generar una cultura de participación entre los usuarios, donde converjan distintas formas de hacer periodismo.
“Free” y “Free Culture” son dos libros que sirven como una mapa para entender de qué manera lo “libre” (no utilizaré el término gratis pues se presta para confusiones ¿existe algo verdaderamente gratis en esta vida?) puede ser rentable, y cómo ello se transforma en una cultura que vive y crece en Internet.
El primero es un libro-ensayo escrito y pensado por Chris Anderson, editor de la revista Wired, especializada en tecnología y tendencias. Según Anderson, el crecimiento tecnológico en todo orden de cosas ha propiciado la reducción de los costes de almacenamiento, de banda ancha y de procesamiento, permitiendo a las empresas ofrecer productos a costo cero, dando lugar a un modelo de negocios propio de esta nueva era.

¿Dónde está lo rentable entonces? Las cuatro estructuras de lo gratis que esgrime el periodista y economista se centran en el concepto de la subvención cruzada: las cosas tienen un coste que alguien asume a cambio de recibir bienes tangibles (como el dinero) o bienes intangibles (como la reputación). Estas son:
1- Subsidios Cruzados directos. Un teléfono celular lo consigues a un precio mínimo o “gratis” siempre y cuando firmes un contrato de un año con el operador celular de tu país.
2- El mercado trilateral. Recibir una copia de un diario gratuito o ver los canales abiertos de TDT no me cuestan dinero porque recibo anuncios a cada segundo
3- Freemium. Spotify es gratis (en UK y España) para quienes oyen anuncios (caso 2) pero por medio de pago, puedes eliminar esa publicidad que resulta fastidiosa.
4- Mercados no monetarios. Consultar las reviews de bebidas en sitios de referencia no cuesta dinero, pero generan utilidad para quien desea comprar un producto y reputación para el editor.

¿Dónde se sitúan los derechos de propiedad intelectual en un mundo donde el costo cero es el motor de la economía?
Es tan interesante el planteamiento de Anderson al respecto, que vale la pena citarlo para evitar malos entendidos.
“Las personas no van a inventar cosas si no pueden ser recompensados por aquello. Las patentes y el copyright son las formas en que los creadores se aseguran de que recibirán algún pago. Entonces ¿cómo se justifica tener patentes y leyes de copyright si el mercado espera el costo cero?

En realidad, la historia de la propiedad intelectual reconoce el poder de lo “libre”, pues está basada en las tradiciones del mundo científico donde los investigadores libremente construían conocimiento en base al trabajo publicado por otros que estuvieron antes que ellos. En el mismo sentido, los creadores del sistema de patentes (liderados por Thomas Jefferson) querían fortalecer el sistema de compartir información, pero se dieron cuenta de que la única forma de hacer que la gente pagara por sus inventos era manteniéndolos en secreto. Así, los Founding Fathers, encontraron otra forma de proteger a los inventores; el periodo de patente de 17 años.

Con esta, a cambio de la publicación abierta de una invención, el inventor puede cobrar un canon a cualquier persona que lo utiliza mientras dure la patente, pero después de que el plazo expire, la propiedad intelectual sería libre.
Entonces existe un espacio para lo libre en las patentes -que se activa después de 17 años (el copyright también debía expirar, pero los congresistas han continuado extendiéndolo).

Sin embargo, una creciente comunidad de creadores no quieren esperar tanto tiempo y están eligiendo rechazar estos derechos y la liberación de sus ideas (sean estas palabras, imágenes, música, o código) bajo licencias como Creative Commons. Ellos son los que creen que lo verdaderamente libre alienta la innovación, haciendo todos los procesos más simples y fáciles.
Lawrence Lessig es el autor del segundo libro que mencioné y creador de las licencias Creative Commons. Publicado en el año 2004, “Free Culture” describe cómo los grandes medios usan la tecnología y las leyes para encerrar la cultura y controlar la creatividad. Según Lessig, “una cultura libre no es una cultura sin propiedad, del mismo modo que el libre mercado no es un mercado en el que todo es libre y gratuito. Lo opuesto a una cultura libre es una “cultura del permiso”–una cultura en la cual los creadores logran crear solamente con el permiso de los poderosos, o de los creadores del pasado”.

¿Qué tiene que ver esto con el periodismo? Mucho. ¿No es el periodismo acaso, la profesión que aporta en la configuración de ideas de mundo de las personas y que construye realidades para determinada comunidad? ¿Qué es eso sino cultura?
En Chile, las licencias Creative Commons fueron adaptadas a la legislación local por ONG Derechos Digitales, entidad que se encarga de promover y difundir su uso en los más diversos ámbitos de la creación intelectual. Su importancia en el desarrollo de la profesión periodística es respaldada por un grupo de editores y profesionales que ven en ellas una oportunidad para establecer criterios claros sobre la misión del medio y la visión que tienen de esta nueva sociedad que está constantemente compartiendo información.

Universalmente, estas licencias tienen seis formas de conjugarse y funcionan en la medida que el usuario esgrime cual de ellas se acomoda más a los objetivos que persigue la persona con la publicación de su material.
Según estipula Lessig, las cuatro licencias básicas son: De reconocimiento (attribution), donde se establece que el material creado puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceras personas si se muestra en los créditos; no comercial (non commercial), en la el material original y los trabajos derivados pueden ser distribuidos, copiados y exhibidos mientras su uso no sea comercial; sin derivadas (no derivate works): el material creado puede ser distribuido, copiado y exhibido pero no se puede utilizar para crear un trabajo derivado del original y licenciar igual (share alike): el material creado puede ser modificado y distribuido pero bajo la misma licencia que el material original.

El primer medio de comunicación del país que se atrevió a licenciar sus contenidos bajo una licencia Creative Commons de tipo Atribución- No Comercial – Sin Derivadas fue El Mostrador, uno de los medios digitales que durante el año 2010 explotó comercialmente.

Las cifras de su éxito explicadas por su editor, Miguel Paz se diversifican en seis ejes:

1.- Según Google Zeitgest, El Mostrador se ubica en el top 10 de búsquedas emergentes de servicios informativos en Chile.
2.- Según Google Analytics, en noviembre de 2010 El Mostrador tuvo 3.115.794 de visitas y 6.137.566 de páginas vistas. Esto equivale a un 140% de crecimiento en visitas y un 97% de aumento en páginas vistas con respecto a noviembre de 2009.
3.- Google Trends sitúa a El Mostrador por encima de otros sitios de noticias con tráficos más o menos similares.
4.- Mayor promedio de lectura de medios chilenos. El 88,75% de las visitas de este medio provienen de lectores y usuarios que viven en Chile.
Asimismo, de acuerdo al Primer Estudio Nacional de Lectoría de Medios Escritos, realizado en conjunto por Feedback y la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, los lectores de El Mostrador dedican 47 minutos diarios en promedio a navegar por el sitio, superando al resto de medios online del país.
5.- Vínculos potentes con la comunidad online. Desde hace dos años El Mostrador tiene una activa estrategia y presencia en las principales redes sociales. Como parte del flujo diario de contenidos e interacciones de los usuarios de redes sociales como Twitter y Facebook, parte de la misión del medio es incorporarse al “timeline” de sus lectores. Algo que ha convertido a El Mostrador en líder en redes sociales cuando se le compara con los dos grandes diarios chilenos.
6.- Amamos Creative Commons. En concordancia con las nuevas definiciones de derechos de propiedad intelectual y uso de información por parte de la comunidad online, El Mostrador es el primer diario chileno en liberar sus contenidos bajo licencia Creative Commons No comercial-Atribución-Sin Derivadas. Esto significa que los lectores son libres de copiar, distribuir, comunicar y ejecutar públicamente los contenidos de autoría de El Mostrador y sus periodistas (no así el de agencias y fuentes terciarias de contenidos) para uso no comercial, citando y reconociendo autoría, y sin alterar o transformar el contenido usado.

En una época donde muchos anuncian la muerte del periodismo, los datos presentados por este medio de comunicación resultan alentadores.
No cabe duda de que El Mostrador no es un diario ciudadano, y que gran parte de su éxito se debe a que se ha encargado de sacar a la luz pública temas conflictivos, de alto calibre y peso político, abordados con profesionalismo y seriedad.
El hecho de liberar sus contenidos es simplemente una herramienta que ayuda tanto en el negocio del medio, como en la postura que tienen como diario digital. “Creemos en la economía del link y en que Internet es un ecosistema hipertextual donde liberar derechos te da derechos también. En términos concretos: licenciar con CC te devuelve mucho en términos de comunidad, reputación, conexión con los usuarios y rol social. Además permite que nuestros contenidos y marca sean vistos por muchas más personas. Aportamos nuestro contenido al dominio público y recibimos mucho de vuelta… Uno de los objetivos de El Mostrador es convertirse en el online de los que están muy online. Tener CC es parte de nuestra declaración de principios ante nuestra comunidad”, afirma Paz .

Sin embargo, algunos podrán pensar que para un medio que no cuenta con mucha tradición y que no tiene nada que perder si arriesga un poco en pos de generar un cambio “revolucionario”, es más fácil elegir establecer condiciones de uso más permisivos.
Para Radio Bío-Bío eso no es tan así. Según Cristian Leal , editor de Bío-Bío Internet, “desde su fundación, Radio Bío-Bío se ha caracterizado por ser un medio que integra al auditor en sus transmisiones. En cierta forma, La Radio ha sido precursora del periodismo ciudadano, con actos tan simples como poner a los auditores al aire a relatar noticias y reflejar sus denuncias. Este paso es simplemente una ampliación del concepto, donde además nosotros ponemos a disposición de los usuarios nuestras informaciones para que ellos mismos las utilicen”.

¿Qué sucede entonces con los demás medios? ¿Pesará tanto la tradición que tomar una postura estándar y universal (como son las licencias CC) resulta tan complicado?

Cristian Araya trabaja desde ambas trincheras; es director general de uno de los sitios de música especializada más importante del país, Super 45, y director creativo de Radio Duna, perteneciente al grupo COPESA.
Es evidente. Desde la independencia y la autogestión, es mucho más simple plantear iniciativas que se adapten a las reglas de Internet. “Las licencias CC nos acomodan porque Super 45 es un sitio de difusión y promoción. Por ejemplo, si subimos un artículo que puede ser de interés para alguien, la gente si lo cita, puede tomarlo sin ningún tipo de problema”, señala Araya .
En COPESA el asunto ha sido tan poco cuestionado que su forma de plantearse ante esta Red donde todos participamos en la construcción de la noticia, llega a ser contraproducente para ellos y la audiencia. “Yo trabajo de día en un consorcio gigante que tiene derechos reservados y encuentro que es poco eficiente no autorizar que la gente comparta eso. Por ejemplo La Tercera pone la opción “comparte eso en Facebook”, pero al mismo tiempo tiene todos los derechos reservados, entonces hay una contradicción… Hay ciertas cosas que funcionan mejor bajo este tipo de licencias, y eventualmente van a tener que irse hacia allá. O sea, qué viene después, ¿pagar por contenido? Tampoco. Hay ciertas cosas que ya son. Te guste o no. Como un pendejo de 18 que no conciba comprar un disco”, sentencia el periodista.

El ánimo generalizado parece ser el mismo entre los editores “de avanzada” que en definitiva, plantean sus posturas como un asunto de principios, de ideología, de ver en el periodismo un valor propio que debe plasmarse en cada decisión que se toma.
Según Marisol García , destacada periodista freelance de La Tercera, La Nación o El Mercurio, y ahora editora del sitio Música Popular.cl (que licencia sus contenidos con Creative Commons), “el periodismo y la investigación no son tareas completamente creativas (se valen de muchas fuentes), y lo lógico es que no esté sometido a la lógica de propiedad intelectual o lucro tal como la entienden los creadores, aunque sí nos interesa el crédito a nuestro trabajo”. Para ella, el hecho de licenciar con CC “permite que quede claro de inmediato que la información está disponible abiertamente. Que está ahí para su uso y difusión. Que la investigación ha sido concebida como un servicio”.

Sin embargo, el hecho de que estas grandes corporaciones entiendan los nuevos códigos de propiedad que parecen ser los que –querámoslo o no- están tomando cada vez más fuerza en Internet, es una tarea de largo aliento.
Tal como afirma Cristian Leal , “Chile es un país desconocedor de su legislación de propiedad intelectual e incluso conociéndola, muchas veces no le importa transgredirla. Tomando en cuenta que prácticamente todos los medios mantienen una perspectiva de copyright, los usuarios van a tomar de todas formas sus informaciones, estando o no autorizados. Para nosotros es un concepto similar a la validación de la W3C: a nadie le importa, pero quienes saben del tema lo valoran. Aunque suene duro, podríamos decir que actualmente usar Creative Commons en Chile es más una postura filosófica que práctica”.

De esta manera, como en todos los grandes cambios sociales, la adaptación hacia modelos distintos es un proceso lento y que va intrínsecamente con una renovación generacional. Según Araya, “cuando las personas que tienen 30 años lleguen a posiciones de poder, se van a dar cuenta que no tiene sentido ponerle derechos reservados a sus contenidos, porque estás desincentivando un montón de cosas. Uno tiene que adaptarse al escenario y ver cómo usar los recursos eficientemente también. No tiene sentido criminalizar a un montón de gente, porque en realidad el que está al revés eres tú.”.

(Ensayo periodístico elaborado en base a la práctica profesional realizada en ONG Derechos Digitales – Último trabajo como estudiante de periodismo)

|2| Propiedad intelectual y derechos de autor en medios online: Alternativas de protección de contenidos en la era digital

La evolución de la revolución

“Esta es la primera generación de personas
que trabajan, juegan, piensan y aprenden
de manera diferente a sus padres.
Se trata de la primera generación
que no le tiene miedo a la tecnología.
Es como el aire para ellos”
Dan Tapscott.

Observar los procesos que se desarrollan al interior de los propios medios, y comprender desde una visión crítica de qué manera se hacen visibles los objetivos que determinada empresa periodística persigue, son aspectos esenciales para analizar la construcción de la realidad que diariamente ocurre en las salas de edición.

Todo estudiante de periodismo debería entender que lo que publican y lo que no publican los medios, está diciendo algo más allá del mero contenido y la conjugación de datos que presentan. Asimismo, las decisiones editoriales que ellos mismo toman, también hablan sobre sus objetivos como mediadores de la realidad, y el lugar que tienen en la configuración mediática.
Lo anterior también se adscribe a las publicaciones independientes, quizás las más contentas con este nuevo espacio para darse a conocer.

Lo que deseo explicar a continuación es la manera de pensar un medio de comunicación digital que me dejaron las conversaciones que tuve con Miguel Paz (editor de El Mostrador), Marisol García (periodista freelance de El Mercurio y La Tercera) Cristian Araya (editor de Radio Duna y del sitio Super 45) y Cristian Leal (editor Bío-Bío Internet), las que de cierta manera, perfilan las responsabilidades de estos nuevos medios que se crean en Internet, y de otros que se adaptan a las nuevas costumbres de los usuarios.

En el marco de la revisión aniversario de las licencias Creative Commons, ellos entregaron los puntos de vista que constituyen esta manera de entender el periodismo y que representa, en gran medida, los pensamientos del movimiento por la cultura libre que mundialmente está abarcando áreas educativas, estatales, culturales y sociales.

Agudizar la mirada y profundizar la perspectiva para comprender por qué es tan importante que los medios planteen una postura de cómo ven el ordenamiento legislativo del mundo online, en una esfera donde públicamente el tema no es tema.
Antes de entrar en el análisis más detallado de cada uno de los puntos que exponen los entrevistados, creo importante explicar brevemente los conceptos en los que se sustentan las decisiones editoriales de abrir contenidos hacia la comunidad.
Identifico dos formas de abordar los cambios que trajo consigo la irrupción de Internet como el medio de comunicación capaz de abarcar a los otros (ver un programa de televisión, escuchar radio, leer el diario son prácticas que ya no dependen del aparato mismo, ahora todo ello puedo realizarse con una buena conexión a Internet). El primero de ellos tiene que ver con lo que conocemos como Era de la Información y los cambios sociales, mientras que la segunda está ligada intrínsecamente al periodismo y las adaptaciones que ha tenido que hacer para cumplir su labor de informar, o ser un mediador entre la gente y la realidad que los circunda.

Antonio Lucas Marín es un catedrático en sociología español que por unos meses vivió en Silicon Valley, el lugar que funciona como el epicentro de las iniciativas tecnológicas mundiales, para entender de qué se trataba este cambio universal que estábamos viviendo y que tenía como protagonista a las comunicaciones.
En su libro “La nueva sociedad de la información: Una perspectiva desde Silicon Valley”, Lucas Marin describe que este cambio supone una evolución que nace de una revolución que ya tuvo lugar tiempo atrás: “Siguiendo el ritmo del proceso de modernización, desde las sociedades industriales avanzadas hemos llegado a la situación actual. Puede decirse que ha ido apareciendo e imponiéndose un tipo de sociedad que se ha denominado de la información. Su nombre procede de la relevancia que tienen en ella los procesos informativos, la producción y el traslado de la información, que se han hecho cada vez más importantes en la realidad económica y social. Esta nueva etapa de la evolución de la sociedad se caracteriza por el cambio tecnológico, que nos explica la reciente etapa de prosperidad que están experimentando los países más avanzados, con una especial valoración del conocimiento”, afirma.

De esta manera, y tal como lo explicaba al comienzo de este ensayo, es que estamos actuando en respuesta a estos nuevos códigos de comunicación que impone esta era donde el valor de la información y del conocimiento ocupa un eje central.
Unos pocos son los que irrumpen con aplicaciones novedosas y las personas, tanto los ciudadanos comunes como los que manejan los medios que se nutren de aquellas creaciones, responden de la mejor manera que pueden.
Con su observación, Lucas Marín fue capaz de reconocer lo que era evidente: “Con frecuencia las personas sometidas a los procesos de cambio social no son capaces de ser demasiado conscientes de ellos… La urgencia con que usualmente deben abordarse muchas de las tareas habituales, y la lentitud característica del cambio realizado normalmente en las estructuras sociales, hacen que no se alcance una plena conciencia de las modificaciones del entorno”.

Y así, quizás en unos cien años más, cuando la sociedad se desarrolle y viva en mundo inimaginable para cualquiera de nosotros, los estudiosos de la época serán capaces de definir qué ocurrió en los primeros veinte o treinta años en que irrumpió la Internet. Por ahora, no hay más que descripciones y planteamientos que ayudan a reducir la incertidumbre y a iluminar los caminos de un actuar más o menos acorde con lo que los tiempos requieren.
En esta adaptación, el periodismo ha comenzado a cuestionarse cada una de sus áreas de acción, a medida que el poder de las redes que crean los usuarios, en cierta forma está desviando la atención del que por años fue el protagonista y dueño de la información

Dan Gillmor es un periodista estadounidense que en el último tiempo ha analizado en profundidad la labor del periodismo en la era de la información. Para él, la evolución de la profesión ha sido así: primero, el periodismo 1.0 traspasa los contenidos tradicionales de medios analógicos al ciberespacio, luego, el periodismo 2.0 crea contenidos en y para la Red (hipertextualidad, interactividad y multimedia) y tercero, el periodismo 3.0 es participativo.
Si el periodismo como actividad morirá o no, es algo que nadie puede predecir. Sin embargo, es evidente que el modelo de negocios que por años mantuvieron los medios, alimentándose de los avisadores, y cautivando a audiencias, ahora se sostiene en prácticas distintas.

Sin embargo, si nos enfocamos simplemente en lo que se está produciendo hoy, en la primera década del nuevo milenio, volvemos al concepto inicial de la discusión: el compartir contenido y participar.
Como respuesta o como propuesta, todos los medios quieren que sus usuarios participen, que comenten, que intercambien ideas sobre determinado hecho y de esa forma la noticia se vaya construyendo entre los periodistas y la gente que se apropia del contenido.

Es lo que día a día nos invita a compartir enlaces en Facebook, a difundir primicias en Twitter, a citar determinada entrevista en un blog, a añadir tal artículo a mi agregador de noticias, etc. Las interrogantes que surgen de aquellas actividades que parecen tan simples son: ¿Realmente el medio de comunicación me está autorizando a que yo difunda la información tal cual este la publicó, para que yo la reproduzca en cuanta red social se me ocurra? ¿Si el medio -de forma gratuita y sin mediar un documento que acredite que estoy utilizando contenido que no me pertenece- me ofrece la opción de trasladar el artículo de forma íntegra a otro sitio web, entonces significa que su contenido es libre? ¿Si el medio me hace tan participe de lo que publica, puedo traducir sus contenidos a otro idioma y reproducirlos en un sitio que yo misma manejo? ¿Y si es así, por qué no lo licencia de una forma en que todos entendamos qué podemos y qué no podemos hacer con la información ahí expuesta? ¿Qué rol juegan los derechos de autor del periodista, y del mismo medio, en esta “economía del link”?

El copyright digital parece ser el punto de inflexión para cuestionamientos sobre la infraestructura de Internet y las comunicaciones. Según Kathy Bowrey , abogada y autora del libro Las Leyes y la Cultura de Internet, “pese a que se han hecho realizado descripciones de esta nueva modalidad de poder, es necesario hacer más que explorar el fenómeno desde la postura postcolonial, postmoderna y postimperialista. Aunque muchos sociólogos, comunicadores, y estudiosos culturales han analizado desde cada una de sus disciplinas el fenómeno, al parecer han dejado fuera la implicancia legal del tema, donde evidentemente radica la oportunidad de cambiar o mejorar los intereses que cada cual defiende.”

Desde ese punto de vista, el sentido de la discusión estaría dirigido a la regulación o limitación de las prácticas de un usuario que desde el primer día, tuvo la oportunidad de hacer lo que quiso con la información que encontraba en la Web.
La filosofía de un espacio abierto donde todos participamos y compartimos se contradice con los intereses de los medios tradicionales de conseguir un rédito monetario en cada uno de los usos que puede dársele a la información que ellos generan.

¿Puede existir un negocio rentable entregando un servicio gratuito? Lawrence Lessig y Chris Anderson dicen que sí.

(Ensayo periodístico elaborado en base a la práctica profesional realizada en ONG Derechos Digitales – Último trabajo como estudiante de periodismo)

|1| Propiedad intelectual y derechos de autor en medios online: Alternativas de protección de contenidos en la era digital

La invitación que hacen las nuevas tecnologías a sumarnos a la supuesta revolución que diariamente se estaría librando en la cotidianidad de cientos de personas que hacen uso de los más modernos aparatos de comunicación, conforma un espacio de discusión que desde años viene debatiendo sobre los desafíos, implicancias, nacimiento y muerte de un sinfín de fenómenos que antes nos parecían inmortales.

Desde las industrias culturales, pasando por los organismos de gobierno, hasta los medios de comunicación, los cambios que se han generado en cada una de estas esferas donde la sociedad interactúa, han ido en respuesta a la necesidad de este nuevo usuario que nace con la masificación de Internet.

Revisar el devenir histórico que ha tenido el uso de las tecnologías en Chile y el mundo es una tarea que muchos han llevado a cabo y no vale la pena repetir. Los hechos saltan a la vista y pese a que cualquiera pudiese rebatir cualquier idea generalizante con el argumento de la enorme brecha digital que aún divide a muchos, lo cierto es que la existencia de un fenómeno mundial no merece discusión.

Es evidente que hay diferencias abismales entre la población que tiene acceso a una conexión a Internet y la que no. Asunto por el que los gobiernos y las entidades responsables deberían trabajar si desean propiciar un desarrollo democrático donde todos sean incluidos en los procesos que signifiquen una mejoría paritaria en los estándares de vida de las personas.
En este sentido, resulta clave entender que el acceso a las nuevas tecnologías ya es un elemento central en el desarrollo humano, y desde ahí que su importancia se extiende a las más diversas expresiones, tanto individuales como colectivas de una sociedad.

La lógica es simple; un individuo contrata un plan de uso ilimitado de Internet y con ello tiene acceso libre a sitios de noticias, blogs de autor, portales de juegos, y aplicaciones para descargar música, películas y series, entre una infinidad de muchas otras cosas que se pueden encontrar en la Red.
Aquello no es novedad para nadie y resume lo que básicamente hace cualquier usuario cuando navega. Sin embargo, para las empresas que antes mantenían el control de los que las personas podían hacer con su producto, la Internet ha resultado un hueso duro de roer.

A diferencia de muchas otras invenciones que han generado cambios en las conductas de la sociedad, la rapidez con la que Internet ha sido apropiada por las personas (y con “apropiada” me refiero a que se han adueñado con total propiedad del código que se maneja en la Red ) ha generado un proceso en que el usuario se adelanta a la gran industria y son estos últimos, las grandes corporaciones, las que han debido ponerse las zapatillas con clavos y correr para – a estas alturas- simplemente alcanzar lo que cada uno de nosotros diariamente hace cuando está conectado.

Por alguna extraña razón, las industrias creativas, las entidades de gobierno, las organizaciones civiles, y los medios de comunicación tradicionales, no lograron prever los alcances que un futuro próximo –por no decir inmediato- generarían en su prevalecía como los únicos elementos generadores de opinión y cultura.
Pareciera que desde un momento a otro los grandes poderes de la sociedad, se encontraron con personas interactuando en salas de chat o foros, creando páginas web personales, entregando su visión de mundo en blogs, subiendo videos y compartiendo música en la Red.

Ese letargo en la apropiación de las nuevas tecnologías conformó la imagen de una empresa que actúa como un padre que le pide a su hijo utilizar el computador y que con mucho esfuerzo quiere entender qué es esto de la “aldea global” y cómo es que funciona aquello de las “descargas”.
Mientras tanto, adolescentes que han construido su conocimiento en base a lo que han aprendido pasando horas frente a un computador, crean aplicaciones p2p como Napster, donde usuarios de todo el mundo comparten su discoteca digital, o el ya conocidísimo Facebook, que permite a un millón de usuarios conectarse en la gran red social de nuestros días.

Dos claros ejemplos de lo que ha significado la máxima “evolución” de nuestro tiempo y donde el eje central está –sin lugar a dudas- en compartir con otros mi experiencia, mis intereses, y en definitiva, mi contenido.
Y así, casi como en una hilera de dominós que se va derribando uno encima de otro, el centro de la discusión pasa a ser esto último. ¿Quién es el dueño de lo que comparto? ¿Tengo que pedir autorización para copiar/pegar un texto que me pareció atractivo? ¿Somos piratas todos los que navegamos y hacemos uso intensivo de la Red? ¿No es evidente que al compartir, estamos también haciendo difusión y recomendando determinado autor o sitio?
Preguntas que en algún momento todos nos hemos hecho y por tratarse de algo que se explica en términos legislativos, pocos logramos entender a cabalidad.

Algunos lo han planteado como una lucha entre los usuarios y las grandes empresas. Otros se han referido a un conflicto ideológico donde las visiones de mundo nunca encontrarán consenso pues implican puntos de vista sobre la economía y la sociedad que difícilmente encontrarán un centro, y otros simplemente creen que es un asunto generacional, y que algún buen día todos los que nacieron con Internet llegarán a los puestos de poder entendiendo que las leyes del siglo pasado no son aplicables a esta nueva era (y viviremos felices para siempre).

Desde mi punto de vista, el trabajo por equiparar los derechos –tanto de los usuarios como de los autores- nos incumbe a todos quienes hacemos uso de la tecnología y por sobre muchas otras profesiones, a la periodística.
En ONG Derechos Digitales, donde realicé mi práctica profesional, el enfoque iba en ese sentido; concientizar y difundir los derechos que cada uno tiene en el entorno digital. Conceptos que para muchos pueden sonar extraños. ¿Existe algo así como derechos humanos en Internet? Pues sí, son los mismos derechos que tenemos como individuos y que por desconocimiento a veces se pasan a llevar en la Red.

Derecho a la privacidad, a la libertad de expresión, y al acceso a la cultura e información, son los ejes en los que trabaja la organización y mediante la difusión de artículos y revisiones de casos, aporta en ampliar los horizontes de participación que tienen los usuarios cuando se conectan.
Difundir estas experiencias permite que más personas del país conozcan una alternativa de trabajo coherente con el accionar que cada uno tiene en Internet, y refleja un área de interés que está siendo tendencia en el mundo.
En este sentido, el trabajo periodístico está ligado a gestionar la información para que el usuario pueda leerla, entender su contexto, y así convertirla en algo relevante que sirva como ejemplo para imitar o apoyar prácticas que vayan en el sentido de lo que defiende la organización.

Para ello es importante trabajar en base a mensajes claves que en todo momento deben reafirmarse para que las personas internalicen y hagan propio el argumento central de cada línea de acción.
En la práctica, esto derivó en conocer un sinfín de experiencias donde el tema de los derechos de autor era importante, como: industrias culturales (música, cine, libros, ilustración); entidades del Estado (municipalidades, gobierno, organizaciones civiles); academia (universidades, centros educacionales, tesistas, libros académicos) y medios de comunicación (versión digital de diarios, radios y blogs especializados). Estos últimos, me parecen trascendentales para el desarrollo de la profesión tanto en su enseñanza, como en el ejercicio práctico.

En conversaciones con directores de medios electrónicos y conociendo la experiencia de revistas extranjeras que deciden liberar sus contenidos con licencias más permisivas que las tradicionales, surge el tópico que debería tener a los editores y académicos de las escuelas de periodismo, decidiéndose ya por una línea de acción específica en cuanto a los niveles de control que tienen sobre la propiedad intelectual de los contenidos que publican en la Web.
Actualmente, pocos son los medios que han apostado por un licenciamiento abierto de sus contenidos y el tema en las universidades recién se está discutiendo. Sin embargo, a la luz de lo que ha sucedido con industrias como la musical (muy diferente a la de los músicos), que lamentablemente todavía no se ha adaptado a los nuevos tiempos, la de las empresas periodísticas todavía puede dar el gran salto y apropiarse del lugar que le pertenece.

¿O no son acaso los periodistas quienes deberían manejar mejor que cualquier otro profesional el devenir de las comunicaciones y las nuevas tecnologías?

(Ensayo periodístico elaborado en base a la práctica profesional realizada en ONG Derechos Digitales – Último trabajo como estudiante de periodismo)