|1| Propiedad intelectual y derechos de autor en medios online: Alternativas de protección de contenidos en la era digital

La invitación que hacen las nuevas tecnologías a sumarnos a la supuesta revolución que diariamente se estaría librando en la cotidianidad de cientos de personas que hacen uso de los más modernos aparatos de comunicación, conforma un espacio de discusión que desde años viene debatiendo sobre los desafíos, implicancias, nacimiento y muerte de un sinfín de fenómenos que antes nos parecían inmortales.

Desde las industrias culturales, pasando por los organismos de gobierno, hasta los medios de comunicación, los cambios que se han generado en cada una de estas esferas donde la sociedad interactúa, han ido en respuesta a la necesidad de este nuevo usuario que nace con la masificación de Internet.

Revisar el devenir histórico que ha tenido el uso de las tecnologías en Chile y el mundo es una tarea que muchos han llevado a cabo y no vale la pena repetir. Los hechos saltan a la vista y pese a que cualquiera pudiese rebatir cualquier idea generalizante con el argumento de la enorme brecha digital que aún divide a muchos, lo cierto es que la existencia de un fenómeno mundial no merece discusión.

Es evidente que hay diferencias abismales entre la población que tiene acceso a una conexión a Internet y la que no. Asunto por el que los gobiernos y las entidades responsables deberían trabajar si desean propiciar un desarrollo democrático donde todos sean incluidos en los procesos que signifiquen una mejoría paritaria en los estándares de vida de las personas.
En este sentido, resulta clave entender que el acceso a las nuevas tecnologías ya es un elemento central en el desarrollo humano, y desde ahí que su importancia se extiende a las más diversas expresiones, tanto individuales como colectivas de una sociedad.

La lógica es simple; un individuo contrata un plan de uso ilimitado de Internet y con ello tiene acceso libre a sitios de noticias, blogs de autor, portales de juegos, y aplicaciones para descargar música, películas y series, entre una infinidad de muchas otras cosas que se pueden encontrar en la Red.
Aquello no es novedad para nadie y resume lo que básicamente hace cualquier usuario cuando navega. Sin embargo, para las empresas que antes mantenían el control de los que las personas podían hacer con su producto, la Internet ha resultado un hueso duro de roer.

A diferencia de muchas otras invenciones que han generado cambios en las conductas de la sociedad, la rapidez con la que Internet ha sido apropiada por las personas (y con “apropiada” me refiero a que se han adueñado con total propiedad del código que se maneja en la Red ) ha generado un proceso en que el usuario se adelanta a la gran industria y son estos últimos, las grandes corporaciones, las que han debido ponerse las zapatillas con clavos y correr para – a estas alturas- simplemente alcanzar lo que cada uno de nosotros diariamente hace cuando está conectado.

Por alguna extraña razón, las industrias creativas, las entidades de gobierno, las organizaciones civiles, y los medios de comunicación tradicionales, no lograron prever los alcances que un futuro próximo –por no decir inmediato- generarían en su prevalecía como los únicos elementos generadores de opinión y cultura.
Pareciera que desde un momento a otro los grandes poderes de la sociedad, se encontraron con personas interactuando en salas de chat o foros, creando páginas web personales, entregando su visión de mundo en blogs, subiendo videos y compartiendo música en la Red.

Ese letargo en la apropiación de las nuevas tecnologías conformó la imagen de una empresa que actúa como un padre que le pide a su hijo utilizar el computador y que con mucho esfuerzo quiere entender qué es esto de la “aldea global” y cómo es que funciona aquello de las “descargas”.
Mientras tanto, adolescentes que han construido su conocimiento en base a lo que han aprendido pasando horas frente a un computador, crean aplicaciones p2p como Napster, donde usuarios de todo el mundo comparten su discoteca digital, o el ya conocidísimo Facebook, que permite a un millón de usuarios conectarse en la gran red social de nuestros días.

Dos claros ejemplos de lo que ha significado la máxima “evolución” de nuestro tiempo y donde el eje central está –sin lugar a dudas- en compartir con otros mi experiencia, mis intereses, y en definitiva, mi contenido.
Y así, casi como en una hilera de dominós que se va derribando uno encima de otro, el centro de la discusión pasa a ser esto último. ¿Quién es el dueño de lo que comparto? ¿Tengo que pedir autorización para copiar/pegar un texto que me pareció atractivo? ¿Somos piratas todos los que navegamos y hacemos uso intensivo de la Red? ¿No es evidente que al compartir, estamos también haciendo difusión y recomendando determinado autor o sitio?
Preguntas que en algún momento todos nos hemos hecho y por tratarse de algo que se explica en términos legislativos, pocos logramos entender a cabalidad.

Algunos lo han planteado como una lucha entre los usuarios y las grandes empresas. Otros se han referido a un conflicto ideológico donde las visiones de mundo nunca encontrarán consenso pues implican puntos de vista sobre la economía y la sociedad que difícilmente encontrarán un centro, y otros simplemente creen que es un asunto generacional, y que algún buen día todos los que nacieron con Internet llegarán a los puestos de poder entendiendo que las leyes del siglo pasado no son aplicables a esta nueva era (y viviremos felices para siempre).

Desde mi punto de vista, el trabajo por equiparar los derechos –tanto de los usuarios como de los autores- nos incumbe a todos quienes hacemos uso de la tecnología y por sobre muchas otras profesiones, a la periodística.
En ONG Derechos Digitales, donde realicé mi práctica profesional, el enfoque iba en ese sentido; concientizar y difundir los derechos que cada uno tiene en el entorno digital. Conceptos que para muchos pueden sonar extraños. ¿Existe algo así como derechos humanos en Internet? Pues sí, son los mismos derechos que tenemos como individuos y que por desconocimiento a veces se pasan a llevar en la Red.

Derecho a la privacidad, a la libertad de expresión, y al acceso a la cultura e información, son los ejes en los que trabaja la organización y mediante la difusión de artículos y revisiones de casos, aporta en ampliar los horizontes de participación que tienen los usuarios cuando se conectan.
Difundir estas experiencias permite que más personas del país conozcan una alternativa de trabajo coherente con el accionar que cada uno tiene en Internet, y refleja un área de interés que está siendo tendencia en el mundo.
En este sentido, el trabajo periodístico está ligado a gestionar la información para que el usuario pueda leerla, entender su contexto, y así convertirla en algo relevante que sirva como ejemplo para imitar o apoyar prácticas que vayan en el sentido de lo que defiende la organización.

Para ello es importante trabajar en base a mensajes claves que en todo momento deben reafirmarse para que las personas internalicen y hagan propio el argumento central de cada línea de acción.
En la práctica, esto derivó en conocer un sinfín de experiencias donde el tema de los derechos de autor era importante, como: industrias culturales (música, cine, libros, ilustración); entidades del Estado (municipalidades, gobierno, organizaciones civiles); academia (universidades, centros educacionales, tesistas, libros académicos) y medios de comunicación (versión digital de diarios, radios y blogs especializados). Estos últimos, me parecen trascendentales para el desarrollo de la profesión tanto en su enseñanza, como en el ejercicio práctico.

En conversaciones con directores de medios electrónicos y conociendo la experiencia de revistas extranjeras que deciden liberar sus contenidos con licencias más permisivas que las tradicionales, surge el tópico que debería tener a los editores y académicos de las escuelas de periodismo, decidiéndose ya por una línea de acción específica en cuanto a los niveles de control que tienen sobre la propiedad intelectual de los contenidos que publican en la Web.
Actualmente, pocos son los medios que han apostado por un licenciamiento abierto de sus contenidos y el tema en las universidades recién se está discutiendo. Sin embargo, a la luz de lo que ha sucedido con industrias como la musical (muy diferente a la de los músicos), que lamentablemente todavía no se ha adaptado a los nuevos tiempos, la de las empresas periodísticas todavía puede dar el gran salto y apropiarse del lugar que le pertenece.

¿O no son acaso los periodistas quienes deberían manejar mejor que cualquier otro profesional el devenir de las comunicaciones y las nuevas tecnologías?

(Ensayo periodístico elaborado en base a la práctica profesional realizada en ONG Derechos Digitales – Último trabajo como estudiante de periodismo)

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